jueves, 2 de junio de 2016

Vudú

Enrique había prosperado, pero se sentía perdido.
Su semblante había cambiado radicalmente, y pareció caer en un estado de depresión y angustia repentinas, después de cruzarse con aquel misterioso francés. Su esposa Paola no lo comprendía y aunque quiso conocer el motivo de su malestar, él negó sentirse mal y ella respetó su silencio. Se habían marchado los dos juntos de vacaciones cuando se enteraron de que ella había quedado embarazada por segunda vez.  
Enrique lo había visto por primera vez a Pierre en la cubierta del crucero, paseando con tranquilidad y solo, e incluso le había mirado y arqueado las cejas a modo de saludo. Sin embargo Enrique se había quedado paralizado al darse cuenta de que aquellos fríos ojos franceses y esas finas cejas le mostraron que le había visto también a él.
Pierre Marcato, con sus cincuenta y cuatro años, poseía una juventud sobrenatural. Se conservaba excelentemente. Ágil, de buen porte y en parte atractivo, de no ser por la prominente nariz aquilina y los labios finos de reptil. Sus ojos, aunque normales, observaban con una inexpresividad y una frialdad que helaban la sangre. Ninguna emoción, buena o mala, podía atisbarse en su mirada. A decir verdad, su cara en conjunto parecía la de un maniquí y era tan expresiva como una roca. Y era blanco como el mármol, o mejor dicho pálido como un muerto. Un fantasma del pasado que había regresado desde el más allá. Las largas horas en penumbra y la vida nocturna habían hecho que palideciera rápidamente.
Pierre solía decir que “los favores deben ser agradecidos, de lo contrario serían arrebatados con creces”. Y él no le había agradecido el favor que Pierre le había hecho tanto tiempo atrás. Y por más que había intentado alejarse de él, Pierre lo había encontrado de nuevo y quizás para cobrarse la deuda pendiente. ¿Por qué si no iba a estar de nuevo en su vida? ¿Por qué si no le habría dicho que estaba buscándole?
Enrique había visto cómo gente sin preparación había logrado llegar a lo más alto, sin embargo, él no conseguía sus frutos por más que se esforzara. Por eso decidió recurrir a Pierre. Y éste logró darle lo que tanto ansiaba. Conocía a Pierre desde tiempo antes de haberle ayudado en sus negocios, negocios turbios y esotéricos.
Desde que había visto a Pierre en la cubierta del barco, Paola, su mujer, había empezado a enfermar, y al finalizar el crucero tuvieron que volver directamente a casa, acabándose así sus vacaciones. Su enfermedad fue repentina, apenas unos días antes, cuando habían atracado en la costa, ella había estado rebosante de vitalidad. Enrique se asombró de verla corretear y saltar por la arena como una chiquilla, dando alguna que otra vuelta en el aire con cada salto. Desconocía que aún tuviera semejante agilidad. Con cada salto y giro, su vestido ondeaba como un abanico en el aire antes de recogerse y caer de nuevo sobre sus piernas. Parecía una colegiala en vez de una mujer adulta. El melodioso sonido de su risa se elevaba en el aire y se mezclaba con el sonido del mar y las gaviotas que lo sobrevolaban. Estaba radiante de vitalidad y jovialidad, parecía haber rejuvenecido casi veinte años de golpe. Él la miraba danzando por la playa a la vez que recordaba a aquella joven muchacha de la que se enamoró hace tantos años y no veía ninguna diferencia, parecía que el tiempo no hubiera pasado en absoluto para ella.
Es cierto que ella, para ser una mujer de treinta y ocho años en ese momento, parecía más joven, quizás no más de treinta y tres o treinta y cuatro a lo sumo, pero desde la noticia parecía que todas sus arrugas hubieran desaparecido de golpe, y sin usar maquillaje, con el rostro al natural. Sobre sus hombros y su espalda comenzaban a presentarse algunas manchas de piel, pero eran tan pequeñas y difusas que todo el mundo las confundía con pecas. Y cuando se recogía el pelo castaño hacia atrás y lo sujetaba con una diadema decorada con flores quedaba al descubierto el rostro risueño y coqueto de siempre. Era guapa como ninguna. Tenía una mirada triste pero tierna, que inspiraba mucha cercanía y bondad. Su nariz era recta con pómulos prominentes y elevados. Y las comisuras de los labios se marcaban como si mantuviera una constante y leve sonrisa. Realmente el conjunto de su rostro le daba una apariencia afable y bondadosa. Aunque se notaba que la piel estaba perdiendo su elasticidad jovial y comenzaba a caer, sobre todo en las carrilleras y en los brazos, su piel seguía siendo suave y delicada. Disfrutaba de verla corriendo por la arena, bailando y riendo a carcajada limpia.
Él, en cambio, estaba terriblemente avejentado, pero no la vida de casado, si no por los recuerdos de su pasado, que no le dejaban dormir por las noches y le preocupaban allá donde fuese. Una incipiente calva dejaba al descubierto su cabeza y el pelo comenzaba a perder su brillo y color azabache, tanto, que sobre las orejas ya tenía unos mechones canos por completo. Él tan sólo tenía un par de años más que su esposa, pero parecían muchos más. Ella lo achacaba al estrés del trabajo y él quería creerlo, pero en el fondo de su corazón sabía que no era así.
Su hija adolescente no se preocupó de su madre demasiado cuando regresaron de sus vacaciones y ella estaba enferma. Muy al contrario, continuaba saliendo con sus amistades de botellón. Ya tenía suficiente con sus problemas amoríos con los chicos. Dos semanas después, Paola seguía enferma sin que los médicos dieran con la solución a su aflicción, se había encontrado de nuevo con Pierre y su hija adolescente salió la noche del sábado de juerga.
La noche había empezado alegre y con promesas de diversión. El alcohol y las risas corrían. La falta de equilibrio hizo que se diera un mal golpe. “Yo controlo”, solía decir. Pero no pudo controlar su mal equilibrio, tanto en la estabilidad del cuerpo como en la emocional que le llevó a esa situación. El golpe fue recibido en un mal lugar. Y no lo pudo contar.
Para el matrimonio fue devastador. Cuando has perdido a la persona que más querías en tu vida, el resto de pérdidas parecen chistes del destino.
Paola había perdido todo atisbo de juventud en su rostro, su piel estaba reseca y las arrugas estaban apareciendo a un ritmo alarmante. Parecía que se estuviera consumiendo.  Enrique por su parte estaba perdiendo más pelo de lo normal y la calva había crecido bastante. Y su conciencia pesaba cada vez más y más, pues en cierto sentido se sentía responsable de la muerte de su hija y de la enfermedad de su esposa. La peor sensación del mundo no es la tristeza, si no la impotencia. La pena se pasa, la impotencia te encadena y te paraliza, te abruma de tal manera que te incapacita para cualquier cosa.
Finalmente decidió contarle a su esposa sus temores y sus preocupaciones. Ambos hombres se habían encontrado por primera vez en el pasado, antes de que Enrique hubiera conocido tan siquiera a su esposa. Pierre era practicante de magia negra y vudú, artes oscuras en las que Enrique no creía, pero que con el paso del tiempo empezó a creer. Él sirvió a Pierre en encontrar lo que necesitaba y además de ayudarle en muchos rituales cuando algún cliente iba a buscar ayuda Pierre. Enrique le pidió que le ayudara a posicionarse bien en su trabajo y lo logró, bien por casualidad o bien por los hechizos del brujo. No sólo eso, si no que entró en su vida Paola en ese mismo momento. Pero cuando Enrique vio que la maldad de Pierre iba cada vez más en aumento, llegó a temerle, y se alejó de él sin querer más tratos con Pierre… y se marchó de su lado sin agradecerle tan siquiera la ayuda que le había prestado, cosa mala en el mundo de lo esotérico. Y Enrique tenía la sospecha que ahora Pierre había vuelto para vengarse de él, cebándose en lo que él más quería: su mujer y sus hijas.
Paola no daba crédito al oir la confesión de su esposo. Por eso no quería hablar de su pasado. Por eso no quería saber nada de aquellos días y rehuía hablar del tema. Se sentía tan traicionada y engañada… Cuando confías en alguien de corazón, no sospechas nada aunque te esté engañando delante de tus narices y tú lo veas con tus propios ojos…
Habían acudido a la policía pero ¿qué podían hacer ellos? Sólo eran meras sospechas hacia un individuo por ¿hechicería? ¿Quién en su sano juicio creería eso?
Paola, con su cabeza apoyada en las manos, llorando en silencio en la oscuridad del cuarto, se sentía impotente y perdida. Todo esto había sido por culpa de su marido y de su estúpida juventud. De hecho pensaba de él que esa arrogancia juvenil aún la conservaba, antes él era como un libro abierto, ahora es más cuidadoso con lo que dice y hace, pero igual de prepotente y por su culpa tanto ella como sus dos niñas estaban en peligro. En el fondo era un débil y un irresponsable, siempre lo había sido. Una idea tenebrosa se le pasó por la cabeza, no una ni dos, si no muchas veces, y cada vez con más frecuencia. Sobrevolaba su mente como un cuervo negro, funesto, que auguraba una calamidad. Se posaba en su mente por unos momentos y volvía a alzar el vuelo. Pero lo cierto es que ya había hecho el nido y volvía con más frecuencia y permanecía por más tiempo. Sólo había una solución y era matar al perro. Muerto el perro, se acabó la rabia. Pero ¿quién era el perro y quién la rabia? El perro era sin duda su marido y la rabia la traía ese francés. Si quería protegerse a sí misma y a lo que más quería en su vida, debía deshacerse de su marido, aquel que le estaba causando tanto mal a través de un tercero. Sabía que si le dejaba con vida, Pierre querría hacerle sufrir y las seguiría atacando. Si moría, Pierre ya no tendría por qué hacerlas nada a ellas. Eso le pasaba por enamorarse de un inútil. Ya se lo había advertido su madre, pero ella, como tonta, quiso formar una familia con ese indeseable. Ya cuando le ocultaba su pasado debía haberse olido que algo turbio ocultaba. Se sentía tan apesadumbrada, engañada, traicionada… Cuanto más lo pensaba más convencida estaba que esa era la única solución. ¿Pero cómo sería capaz de hacer una cosa así? Al menos si pudiera hacer que fuese un accidente o que lo hiciera él mismo de alguna manera, para no cargar su alma con ese peso…
Una noche, los gritos de Paola y los llantos alertaron a Enrique. Ambos estaban muy consumidos por el estrés y se veían muy, muy avejentados y delgados. La mujer se quejaba de un fuerte dolor en el vientre. Quizás a la niña la pasaba algo malo, o quizás la niña le estaba haciendo algo malo a ella a través del poder del hechicero.
Pero cuando obtuvo la atención sanitaria necesaria, ya había abortado. Y la mayor tragedia para Enrique aún estaba por venir. Había perdido a su hija adolescente, luego a su hija no nata y por último su esposa debido a la debilidad. Sencillamente, ella se dejó morir.
Enrique ya no podía más con eso. Decidió poner fin a su pesadilla particular. Iba a enfrentarse cara a cara con Pierre y a matarlo si podía. Dio con su alojamiento. Fue y lo esperó. Los malditos policías rondaban cerca y lo iba a tener difícil. Pero estaba decidido. Se había guardado la navaja en el bolsillo y no aparataba la mano. Esperaba y esperaba y por fin Pierre apareció. Se fue acercando a él por detrás. Con la velocidad de un rayo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, vengó las muertes de su esposa e hijas. Tiró de la barbilla del francés hacia arriba y deslizó el filo de acero por su cuello. Antes de que el cuerpo de Pierre tocara el suelo, un grupo de policías corrieron a socorrerle y a apresar a Enrique.
-          Ese cerdo me ha maldecido –dijo Enrique llorando-, ha matado a mi familia.
-          ¿Dice que le ha maldecido y matado a su familia? –preguntó incrédulo uno de los policías.
-          Sí, era hechicero vudú…

-          Se equivoca. Lo que realmente era, era un farsante. Sacaba el dinero con sus cuentos de hechicería y no tenía poderes. Un vidente, que sí tiene facultades de verdad, nos ayudó a dar con él. Ha estafado grandes sumas de dinero a grandes personalidades por varios países y estaba en busca y captura por la interpol… aunque mucho me temo que usted irá a prisión por homicidio con alevosía. Acaba de condenarse usted solito, no él.

miércoles, 1 de junio de 2016

EL TAXISTA


-         -  Uuuh, fíjate en ese cuerpazo –dijo Susana-. Con ese sí que me iba yo al infierno.

Su amiga Carla ya estaba un poco harta de llevar escuchando comentarios de ese tipo durante toda la noche. Más que la noche de Halloween parecía la noche de putas, y más estando Susana por las calles. Ya era tarde, casi las cinco de la mañana, y ya no quería continuar con la fiesta y Susana, como tampoco tenía con quién quedarse, decidió marcharse con ella. Todas las chicas habían abandonado la juerga cuando o estaban demasiado cansadas, demasiado borrachas o ya habían cazado a algún demonio que las arrastrara al infierno.

Pero ahora sólo quedaban ellas dos en la parada del autobús, vestidas con sus disfraces de diablas. Pero claro está, el de Susana era más… sugerente. Aprovechaba que era la más guapa y casi una ninfómana para atraer de esa manera a los chicos. Muchos muchachos, o incluso hombres adultos, que entraban y salían del pub la miraban lujuriosos. Aunque ya iban quedando menos y los que abundaban eran borrachos que salían a la calle a fumarse un cigarro o a tomar el fresco para despejarse de la borrachera. Algunos se aproximaban hasta un descampado cercano y oscuro para vomitar o mear si el baño estaba demasiado lleno. Ellas mismas estaban algo bebidas esa noche. Aunque la parada estaba algo retirada del pub, concretamente en la esquina de la calle del mismo y el descampado tras ellas, muchos aún se cruzaban por allí y ella les ponía ojitos. Lástima no haber pillado cacho esa noche.

Por suerte para Carla, quien era su mejor amiga estaba con ella, y sabía que sería más difícil que la pasara algo malo. Hacía meses que se llevaban sucediendo una serie de crímenes, una muerte al mes concretamente, y todos de personas que estaban por las calles a últimas horas de la noche. Casi todas personas de mala reputación, prostitutas, drogadictos, ladrones, etc… pero algunas con supuesta buena reputación. Nadie vio ni oyó nada. Por lo único que podía temer Carla era por Claudio, su novio, que era taxista en el turno de noche. La policía rondaba constantemente día y noche por la ciudad pero sin pillar al culpable, y además ese Halloween se prohibió terminantemente el uso de máscaras o maquillaje. Todo el mundo debía estar perfectamente identificable en caso de otro crimen.
La sombra de un hombre, en aparente estado de embriaguez, pasó tambaleándose por detrás de ellas. Debido a la oscuridad, no pudieron verle el rostro, tan sólo su silueta recortada contra las luces del fondo. Por un momento el hombre se detuvo, parecía estar mirándolas. Eso comenzó a inquietar a las dos chicas. Pasaron los segundos, que les parecían eternos a ellas, y allí seguía. Carla se acercó a su amiga y la tomó del brazo. Intentaban disimular. Susana incluso tomó su móvil y simuló hacer una llamada. El hombre se marchó de allí y bajó por el descampado hacia las luces del fondo de la ciudad. Entonces ambas comenzaron a calmarse.

La noche era fría y ambas estaban escasamente vestidas. La luna llena brillaba en todo su esplendor sobre un cielo claro y despejado tachonado de estrellas. Carla sentía ansias porque el autobús viniera pronto y pudieran llegar a casa sanas y salvas. Un grupo de chavales subían desde el pub, quizás para marcharse ya a casa, y Susana se fijó en uno alto y bien parecido. Cuando pasaron de largo Susana dijo:

-          -  ¿Has visto a ese pibe? Bufff.
-          - Ya vale, tía. Estás salida…
-        - Lo siento, pero no soy una amargada mojigata como tú. Me gusta la diversión y la noche es joven y hay mucha carne en el plato –se rio de su propio comentario.

Carla no pudo más que negar con la cabeza y poner los ojos en blanco con un suspiro.

Esperaron un poco más y los faros de un coche las deslumbraron desde el pub. Parecía un taxi por el letrero del techo. El vehículo parecía aminorar la marcha y giró hacia ellas, como si fuera a aparcar para dejar a alguien o preguntar algo. El conductor se inclinó para hablar con las chicas.

-          - ¿Vais a algún sitio?

Susana vió a un muchacho joven, pálido, delgado y con una enorme melena rizada. Su rostro inofensivo inspiraba serenidad y cierta fragilidad. Carla le reconoció, era Claudio.

-          - Esperamos el autobús para volver a casa.
-          - No os preocupéis por eso, subid.
-          - Pero…
-          - Subid, no os voy a cobrar.

Ambas se quedaron un tanto perplejas y se miraron entre sí. Carla le hizo un gesto con la cabeza a su amiga y Susana entró primero, sentándose a la derecha del vehículo, y Carla la siguió cerrando la puerta tras ella.

-          - Pues muchas gracias –dijo Carla-, nos haces un gran favor.
-         -  No hay de qué.
-          - Ella es Susana, la chica de la que te hablé.
-          - Encantado.
-          - ¿Tú eres Claudio, supongo?
-          - Eso es.
-          - Encantada.

La chica se inclinó para darle dos besos, aunque fueron casi en el aire ya que él no podía girarse por el cinturón de seguridad.

Él arrancó de nuevo y, girando a la derecha para bajar por el descampado, condujo el taxi entre el escaso tráfico. Susana miró a Claudio por el espejo retrovisor y se fijó en los ojos que tanto le había hablado su amiga. Ojos marrones, color avellana o miel. En ocasiones, con las luces del exterior, parecían ámbar, un ámbar rojizo. Pero cuando él se dio cuenta, enseguida apartó la mirada.

-          - ¿Y qué tal os ha ido la noche?
-          - Nada del otro mundo –dijo Carla-, la verdad es que he estado algo nerviosa todo el rato.
-          - ¿Por qué?
-          - Ya sabes… las noticias y todo eso.
-          - Tú no tienes nada que temer por ello, tan sólo disfruta y diviértete.
-          - Pero me da miedo.
-          - Lo supongo. Pero eres buena chica.

Susana miraba por la ventanilla, sobre los tejados de los edificios, contemplando la luna llena plateada que los controlaba desde las alturas.

-         -  ¡Qué bonita!
-          - ¿Qué? –preguntó Claudio.
-          - La luna llena –ella miró al chico por el espejo retrovisor-, está muy bonita esta noche.
-          - Es una noche peligrosa.
-          - ¿Por?
-        -  Pregúntale a Carla. Con ese cazador que anda suelto por ahí, la noche es el terreno de caza de los depredadores… y en una noche como hoy los gritos están por todas partes. Sería difícil diferenciar un grito de susto o trato a los de un crimen. Y dicen que en luna llena se cometen más actos delictivos.
-       - ¿No tienes otro tema del que hablar? –intervino Carla- Me da mal rollo eso y no he podido quitármelo de la cabeza en toda la noche.
-          - Lo siento.

Hubo unos momentos de silencio en el taxi hasta que Claudio volvió a hablar con una voz grotescamente burlesca.

-          - ¿Y si soy yo el asesino, chicas? ¿No os da miedo quedaros solitas conmigo?
-          - Claudio… -dijo Carla ya cansada, casi suspirando.

Él estalló en risas y asintió con la cabeza dando a entender que ya paraba de hacer bromas. Susana sonrió por lo bajo mientras miró de reojo a Claudio. Era una sonrisa de complicidad.

El chico dio un pequeño espasmo en su asiento. Se rascó la mandíbula con la mano en forma de garra. Luego dio dos fuertes mordiscos al aire. Aquello las dejó desconcertadas a ambas. Claudio inclinó entonces la cabeza a ambos lados bruscamente. Susana no pudo evitar reírse por lo bajo mientras que Carla no daba crédito a lo que veían sus ojos. ¿Qué le pasaba? No lo entendía. Un momento después, un aullido cortó de seco la risa de Susi. Claudio le estaba aullando a la luna. Mientras que Carla lo miraba con la boca abierta en silencio, Susana le preguntó mientras intentaba aguantar la risa:

-          - ¿Estás bien?
-          - No hay problema, no hay problema…

Pero Claudio ya no sonreía, de hecho, su semblante se había tornado serio y sombrío, casi agresivo. Sacudió la cabeza como si intentara despejarse de algo o alejar de su mente algún pensamiento que lo atormentara.

-          - No creo… -dijo Carla- no creo que debas estar conduciendo en tu estado.

Claudio lanzó un alarido que sobresaltó a las chicas. Un alarido animalesco y brutal. Comenzó a rascarse de nuevo la mandíbula y el cuello de manera compulsiva.

-          - ¡No quiero! –bramó Claudio, casi como si fueran ladridos- ¡No quiero más!

Comenzó a gemir mientras se agarraba los rizos, soltando el volante por algunos momentos. Era un gemido de dolor y desgarrador.

-          - ¡Claudio! –gimió Carla- ¿Qué te pasa? ¡Por el amor de Dios, habla!

Pero él no respondía, sólo arrugaba la cara en un gesto de terrible dolor, un dolor interno del que las chicas no tenían conocimiento y que sólo él podría conocer la causa. Susana se llevó las manos a la cara y se tapó nariz y boca. Estaba empezando a sentirse asustada.

-          - Por favor, para –dijo Susi-, nos queremos bajar. Estás mal.

Claudio se limitó a mirarlas por el retrovisor tras calmarse y, con una maliciosa sonrisa, se llevó el dedo índice a los labios y las ordenó callar mientras las miraba. Los ojos brillaban en rojo sangre con las anaranjadas luces de las farolas. Las chicas comenzaban a estar inquietas en los asientos traseros. Con rapidez, la expresión en el rostro de Claudio cambió de nuevo, mostrando un intenso dolor. Otra vez los gemidos agónicos y gritos de dolor interno. Se balanceaba delante y atrás en su asiento, sujeto por el cinturón de seguridad, ladrando y aullando.

Un pensamiento aterrador estaba en la mente de las muchachas: se habían confiado al asesino. Estaba teniendo un ataque de locura homicida, seguro. Las chicas estaban muy, pero que muy tensas atrás. Ya no había risas. Carla estaba estirada y pegada lo más posible al respaldo, con ojos desorbitados, aterrada ante el repentino comportamiento inusual y extraño de Claudio. Susana, por su parte, temblaba y no sabía muy bien si abrir la puerta y saltar a la carretera, si desabrocharse el cinturón, si esperar…

Claudio, al ver que Susana tanteaba el manillar de la puerta, aceleró aún más el coche, provocando gritos de las chicas, y él mismo comenzó a gritar al aire echando la cabeza hacia atrás. De un volantazo, se metió en una calle solitaria, casi un callejón. Las chicas no sabían que hacer, estaban aterradas. Poco a poco, Claudio disminuyó la marcha mientras las chistaba para que se callaran. Finalmente el taxi se detuvo y las chicas se fueron callando, pero seguían muy alteradas y permanecieron quietas y en silencio aguardando acontecimientos. Estaban hiperventilando, agarradas a cualquier sitio donde pudieran sostenerse y no ser lanzadas con la velocidad que el coche había tomado momentos antes. Estaban solas y a merced de un loco.

Por unos segundos todo quedó en calma. Todo en silencio. Entonces Claudio se volvió lentamente hacia ellas y las miró.

-        -  ¡No quiero que se repita! –bramó con todas sus fuerzas.
-          - Claudio ¿qué te pasa? No te reconozco…

Él se giró hacia el volante y continuó chillando y golpeando con las palmas de las manos el volante como un desequilibrado. Las muchachas comenzaron a chillar de nuevo e intentaron salir del coche mientras pudieran, aprovechando que estaba parado. Susana no fue capaz de abrir la puerta y comenzó a aporrear la ventanilla pidiendo ayuda. Estaban encerradas, atrapadas allí dentro con un lunático desquiciado. Había sido una trampa mortal para ellas y no tenían oportunidad de escape.

Entonces se dieron cuenta de que Claudio las miraba y lanzaba pequeños aullidos al son de los gritos de las chicas. Su boca estaba abierta y mostraba unos enormes colmillos animalescos. Sus ojos desorbitados se deleitaban con los chillidos de las chicas mientras que su boca se habría y se cerraba, mordiendo el aire con aquellos colmillos blancos y relucientes que, junto con su melena rizada, le daba un aspecto feroz y animalesco. Esos dientes no los podría tener ningún ser humano, imposible, sólo un perro de gran tamaño o un lobo podría poseer una dentadura así.

Claudio se volvió y salió del coche, encerrándolas a ambas dentro. Rodeó el automóvil por la parte trasera hasta llegar a la ventanilla de Carla. Con otro espasmo se desplomó en el suelo. Las dos, que acababan de desabrocharse el cinturón de seguridad, quedaron en silencio, a la escucha. Fuera todo estaba tranquilo.

De repente, el taxi dio una sacudida. Todo el vehículo empezó a temblar. Oscilaba de un lado a otro debido a las embestidas de Claudio desde el lado derecho, cerca de Carla. Parecía que intentaba volcarlo con ellas dos dentro. Cogió de los bajos del coche y comenzó a levantarlo. Aunque era delgado y menudo, tenía fuerza suficiente como para mover el vehículo. Ambas chillaban de nuevo dentro, ahora sin estar sujetas por los cinturones, se acurrucaron abrazadas en el centro de los asientos.

Claudio volvió a desaparecer bajo la ventanilla y cayó al suelo. Las chicas, aterradas, intentaron abrir la puerta de Susana, pero no podían, estaba cerrada. El miedo no les hizo ver que quitando simplemente el seguro, tendrían escapatoria. Golpearon la ventanilla tratando de pedir auxilio. Por el otro lado, donde había caído Claudio, éste se levantó de nuevo… o algo parecido a él… bajo la espesa melena se veía una cara de animal, con grandes colmillos afilados y pelo por todo el rostro, que nacía del negro y húmedo hocico. Las manos se habían convertido en un par de zarpas con garras afiladas que arañaban el cristal. Ellas volvieron a chillar, temblaban como un flan.

Claudio-lobo abrió la puerta de Carla, gruñendo, acercándose a las chicas poco a poco. Emitió un ladrido bestial. Disfrutaba del momento de verlas acorraladas. Entonces, dijo algo a medio camino entre una pregunta y un gruñido. Las chicas atenuaron sus gritos. Él volvió a repetir la pregunta:

-         -  ¿Tenéis miedo?

Claudio-lobo se llevó las zarpas a la cabeza y se arrancó la piel, o mejor dicho, la máscara hiperrealista de hombre lobo con la que les había asustado y, con una sonrisa, volvió a repetir:

-          - ¿Tenéis miedo?

Susana pasó de los gritos a las carcajadas, pasando por un leve momento de incertidumbre y total incredulidad. Carla sin embargo no reía nada, le miraba enfurecida por haberles gastado una broma de tan mal gusto. Aún tenía el corazón martilleándola el pecho de lo agobiada que se había sentido.

-          - ¡Sólo por este momento de gritos ha merecido la pena no haberos cobrado! La mejor invitación de mi vida.

Se echó a reír a carcajadas. Susana se iba calmando gracias a la risa, pero Carla seguía enfadada por haberla hecho pasar tan mal momento.

-         - ¿En serio? –exclamó Carla incrédula- ¡Eres un gilipollas! ¿Tú sabes qué mal trago me acabas de hacer pasar, imbécil?
-          - ¡Vamos chicas! ¿No tenéis sentido del humor? ¡Ha sido sólo una broma, no es para tanto!

Susana se fue calmando y divirtiendo con la broma. Él pasó y se sentó al lado de Carla, en los asientos traseros.

-        -  De verdad ¿Cómo lo has hecho? –preguntó curiosa Susana- ¿Cómo has sacado los colmillos y te has puesto la máscara?
-        -  Los tenía en la guantera, estabais tan asustadas que ni os habéis dado cuenta de que las había cogido. Y los colmillos…

Se los mostró en la mano y ambas vieron que no eran en absoluto realistas, es más, eran de los cutres en los que la dentadura de arriba está unida con la de abajo y son de plástico, de esos que venden en los bazares de todo a 100. Pasó un rato hasta que se calmaron por completo y Claudio hizo lo posible por tranquilizarlas. Se vieron tan tontas en ese momento, que hasta Carla soltó una risita mientras agachaba la cabeza y se apoyaba con la mano en la frente negando.

-        -  Venga –continuó Claudio-, ya vale de bromas, os llevaré a casa.

Volvió al asiento del conductor y se sentó, dejando en el asiento del copiloto las manoplas y la máscara. Pero Carla ya estaba nerviosa por la broma y por las noticias de los últimos meses. La verdad es que había sido una broma de muy mal gusto sabiendo lo nerviosa que ella estaba con el tema, pero Claudio era así, desde siempre. Debía habérselo olido. Aun así, ella se inclinó para tocar el hombro de su novio.

-        -  Claudio, hazme un favor anda.
-          - ¡Claro, dime!
-          - ¿La dejarías a ella en su casa después de dejarme a mí?
-          - Por supuesto, tranquila.

El resto del viaje fue normal, dejó a Carla frente a su portal y se despidieron. Arrancó de nuevo y puso rumbo a la dirección que le habían indicado. De vez en cuando lanzaba algunas miraditas furtivas a su pasajera y se dio cuenta de que ella hacía lo mismo.

-          - Bueno –dijo él, tanteándola-, ahora estamos los dos solitos en el taxi.
-          - Sí… -ella estaba nerviosa.
-          - ¿Y has pillado esta noche?
-          - ¿Qué?
-          - Que si has echado algún polvo.

Ella estalló en risas, incrédula de que acabara de hacerle esa pregunta.

-         -  No, por desgracia no.
-          - ¿Y eso? Pareces muy atractiva.
-          - Gracias, pero… no podía dejar sola a Carla y… la verdad es que sí habían algunos chicos que madre mía.

Claudio rio y añadió:

-          - Haber aprovechado, mujer. Carla ya es mayorcita, no la pasará nada. Y con lo decentita que es no se va a ir por ahí con cualquiera… créeme si lo sabré yo bien.
-          - ¡Y tanto! Me reprochaba cada vez que miraba a algún chico.
-          - Imagino que habrás acabado encendiendo el horno para nada.

Ella volvió a reír y confesó:

-          - Sí, me temo que sí.
-          - Bueno, la próxima vez será. Oye, Susana, perdona si fui llevé muy lejos lo de la broma de antes, no era mi intención que lo pasaseis tan mal.
-          - Tranquilo. La verdad es que me asusté bastante porque no entendía nada y todo era muy raro y… fue un poco como what the fuck?

Puso una mueca exagerada de incredulidad y Claudio sonrió.

-         -  A veces me paso con estas bromas. Las llevo muy lejos sin darme cuenta.

Claudio aminoró el coche y se detuvo, pero no era la calle donde vivía ella. No se había dado cuenta de la ruta ya que estaba demasiado distraída mirándole a él y a esa mano venosa manipulando las marchas. Sólo cuando comenzó a darse cuenta de que el viaje estaba siendo más largo de lo habitual, se percató y fue cuando el coche se detuvo. El chico se dio la vuelta y la miró con una sonrisa.

-        -  ¿Te apetece subir a tomar algo antes de irte a casa?
-          - ¿Dónde estamos?
-         -  En mi portal.
-          - Pero…
-          - ¿Quieres o no? ¡Vamos! No te hagas la remilgada ahora, he notado como llevas mirándome durante todo el trayecto.
-          - Pero eres el novio de Carla, no puedo…
-          - Ella no tiene porqué saberlo –él estiró un brazo y acarició su rodilla ascendiendo por el muslo-. ¿Te apetece? Será nuestro pequeño secretito. Sé que quieres marcha y yo también, con Carla no puedo tanto como quisiera.
-          - ¿Es una proposición de… sexo?
-       -   Es una proposición de lo que te apetezca, si quieres una copa charlando solamente y te llevo de vuelta a casa ¿qué me dices?

No estaba muy segura. Dudaba. Lo cierto es que le daba morbo la idea y como había dicho, había encendido el horno para nada, y aún lo tenía muy caliente. Pero era el novio de su mejor amiga, no podía hacerle eso a Carla. Pero sintiendo el roce de esos dedos por su muslo, acariciando la parte interna, bajo la minifalda, se decidió.

-          - Está bien.
-          - ¡Estupendo!

Ambos bajaron del coche y entraron al portal. Susana estaba muy nerviosa, pero a la vez excitada por la situación. Subieron en el ascensor y al llegar frente a la puerta, él le entregó las llaves para que sea ella la que abriera.

-          - Vamos –dijo él-, abre.
-          - ¿Yo? ¿Por qué yo?
-          - Me gusta la idea.

Ella rio y trató de introducir la llave en la cerradura, pero su pulso temblaba y no era capaz. Él se colocó detrás de ella, demasiado cerca, tanto que sus cuerpos se tocaban. Y cuando Susana sintió a Claudio empujándola con suavidad con su pelvis su trasero se puso más nerviosa aún y le entró la risa. Podía sentir que él también estaba excitado. Normal, la estrecha de Carla no le daba lo que necesitaba. Aun así ella estaba temblando y asándose.

-          - ¿Qué pasa? –preguntó él susurrándola al oído- ¿No puedes meter la llave? No puedes meterla ¿eh?
-          - ¡Para! –y estalló en carcajadas.
-          - Yo siempre la meto a la primera… entra muy suavecita.
-          - ¡Calla! –reía más de nuevo-. Como se entere Carla nos la vamos a cargar, yo no debería estar aquí.
-          - Pero estás, te gusta, y lo sabes…

En cuanto entraron y cerraron la puerta tras ellos, Susana se quedó asombrada del lujo del apartamento.

-          - ¡Wow! –exclamó la chica- tienes pasta ¿eh?


Se volvió con una sonrisa hacia Claudio, que continuaba parado frente a la puerta, y al mirarle se le borró la sonrisa de nuevo. Al mirar a Claudio directamente a la cara, éste mostraba una leve sonrisilla picarona y con la yema de su dedo índice acariciaba sus propios labios. ¡Y sus ojos! Ojos negros, vidriosos, unos ojos salidos del mismísimo infierno. Todo, absolutamente todo el globo ocular se presentaba de un rojo oscuro, casi negro, y brillaban en exceso. ¡Y no parecían lentillas! Incluso habían aumentado un cincuenta por ciento su tamaño…